El primero de los meses de mi vida en la tierra transcurrió en compañía de mi madre y hermanos. Era un cuarto de baño nuestro hogar, un humano nos visitaba; él repetía cada día a mi madre que pronto saldríamos de allí.
Me emocionaba la idea de conocer el mundo. Mamá agitaba su cola al contarnos de lo mucho que había por conocer fuera de esa pequeña habitación, igualmente comentaba acerca de la bondad de su amo, aseguraba que pronto vendrían caricias y juegos.
La mañana del treintavo día de mi vida, el humano entró al aposento. En una de sus manos traía una caja, los tres cachorros cupimos en ella. Yo saltaba intentando alcanzarlo con mi lengua pero no podía. De esta forma comenzó el viaje pero sin el calor del pelaje blanco manchado por tonos grisáceos de mamá.
Aunque no sabía porqué ella no nos acompañaba, me emocionaba la idea de conocer el mundo, los mimos de las manos del amo, los juegos que me habían prometido, todo aquello estaría por venir. El meneo de mi cola no cesaba.
Pero no salimos al jugar en el jardín, no habían flores para olfatear en el automóvil donde mi entusiasmo se disipaba entre el frío del viento que entraba por la ventanilla y el movimiento que inclinaba de un lado a otro la caja en que viajaba junto a mis hermanas, temíamos caer y la agitación de rabadillas se sustituyó por llanto. Entretanto, el humano se quejaba con gritos.
El recorrido acabó cercano a la mitad del día, lo supe porque el sol estaba en el punto más alto del cielo. Mamá nunca se equivocaba, ella me enseñó numerosas lecciones importantes como esa del tiempo.
La caja ya no se ladeaba, por fin el movimiento cesó, el automóvil se detuvo. Logré inclinarme y me asomé por la ventana, habían muchos automóviles que se desplazaban rápidamente, pero en los extremos del pavimento observé el verde grama matizado por las flores que mamá prometió, pensé que debía ser otro patio mejor al que madre visitaba.
Mientras tanto, el humano se ausentó del automóvil pero apareció rápidamente abriendo la puerta del costado dónde estábamos. Luego tomó entre sus brazos la caja que nos contenía, caminó un poco y de este modo nos trasladó hacia la frontera en la cual termina el pavimento y comienzan las plantas; allí nos dejó.
En ese momento, yo estaba confundido, era profuso el ruido de en aquella vía. Por su parte, el humano caminaba en sentido contrario, me distrajo un pájaro que se aproximaba. De pronto, recordé al hombre, lo busqué mirando hacia todos lados pero se había ido, desapareció junto al automóvil. Estábamos allí, en la cuneta, mis hermanos y yo, en exclusiva compañía del ave que ahora picoteaba mi hocico.
El sol calentaba nuestros cuerpos, sin embargo el llanto de mis hermanos me desesperaba junto al picoteo que incitó mis primeros ladridos dedicados a aquel animal con alas, al cual logré morder y finalmente alzó el vuelo.
Pasadas dos horas, el calor ardía, sentía quemarse mi piel mientras me preguntaba cómo poder salir del confinamiento representado por la caja. Intenté saltar repetidas veces sin éxito, no era esa la solución. Entre tanto, me percaté de que una de mis hermanas había dejado de respirar. Seguidamente, lamí su cabeza pretendiendo refrescarla pero no reaccionó: había fallecido.
En compañía del cuerpo de mi hermana estábamos dos cachorros, excitados, jadeantes, sedientos y hambrientos, preguntándonos cómo llegar hasta nuestra celosa madre y sus pechos que siempre nos habían provisto de alimento.
Al término de la tarde se respiraba un olor fétido, provenía de los restos de aquella compañera de viaje que no resistió. El cielo se tornó oscuro, comenzaba a llover. El agua fue rasgando lentamente el cartón, logré escapar rápidamente hasta la grama mientras la otra cachorra se deslizaba en el agua pretendiendo seguir mis pasos pero su esfuerzo resultó inútil, la corriente, cada vez más fuerte la arrastró y ya no la volví a ver.
Llegó la negra noche, impávida y serena. Había dejado de llover pero mi cuerpo aún mojado temblaba. Decidí caminar hasta encontrar a mi hermana, no sé cuánto tiempo pasó, la noche es exageradamente larga. Con todo, ya exhausto me acosté al lado de una raya blanca dibujada en el pavimento, tenía sueño.
Las luces de los automóviles nublaban mi vista, ardían mis ojos, nuevamente mi madre era la protagonista en mis pensamientos. De ella, comenzaba a extrañar las enseñanzas, el amor, las lamidas y hasta los gruñidos. Ansiaba recostarme en su regazo a beber de su cuerpo ese líquido blanquecino que me alimentaba, escuchar sus latidos, ver el movimiento de esa, su cola, que se movía alegremente. Precisamente, pensando en mamá conseguí relajarme, inexplicablemente la sentía cerca y comencé a soñarla.
En ese sueño aún vivo. Hoy no tengo hambre, ni sed. Todas mis necesidades están cubiertas al lado de mi madre y mis hermanas aquí en el puente sobre el arcoiris*.
El trayecto a este lugar fue corto, bastó un estrépito frenazo para devolverme mi familia y con ella mi felicidad.
Mi intrincada vida en la tierra terminó rápidamente. Sin embargo, los perros veteranos que he conocido por aquí, dicen que soy afortunado pues no tuve tiempo para sufrir lo que ellos, a los que allá abajo llaman ¨callejeros¨.
Nunca tuve nombre, collar ni caricias de un amo. Tampoco fui al consultorio veterinario, no jugué con pelotas en el jardín de aquella casa en la que nací, ni siquiera tuve la oportunidad de sentir la picadura de una inquieta pulga, porque me abandonó el humano que quise amar.
Medito lo que dicen los demás perros pero todavía me pregunto si realmente soy un cachorro con suerte.
* El puente sobre el arcoiris es el ¨cielo de los perros¨ para los animalistas.
Crónica ¨¿Un cachorro con suerte?¨.
Autor: Mariana Rivas Garabán.